Una Semana Santa pasada por agua. Aún así, el domingo salió el sol, y a mi familia y a mí no hubo gota que nos impidiera tomar el vermú (que, por cierto, no me gustó demasiado. Prefiero la caña con limón).
Entramos en las Bodegas Paricio, un bar al final del Coso bajo, famoso, por lo visto, por sus anchoas en vinagre. El caso, que mi madre fue a hacernos una foto a mi hermana y a mí, y se dio cuenta de que detrás de nosotros estaba Adolfo Barrena, Diputado y portavoz de Izquierda Unida en las Cortes de Aragón por Zaragoza. También, con su vermú y su anchoa.
Y me quedé pensando en que perderse entre la gente no es tan difícil, siempre que no seas un ZP o un Rajoy. Y que, aunque lo seas, no importa. Los políticos, más allá del Congreso o del Parlamento, también tienen vida y también toman vermú, aunque a veces se nos olvide. No nacieron con el traje y la corbata puesta, aunque, eso sí, lleven la esencia de su partido grabada a fuego en la piel.
Esto último, la esencia, es algo con lo que no se nace puesto, pero también algo que no se puede dejar en casa. Te acompaña allá donde vas, hasta cuando tomas el vermú.
Estoy en Económicas, en la parte de abajo. Sí, leéis bien. Yo, que siempre he odiado las bibliotecas, estoy en mi segundo día de vacaciones oficial, en una de ellas. No me gustan porque la gente no para de cuchichear y sobre todo, porque las mujercitas siempre eligen ponerse tacones en sus sesiones de estudio, y no hacen más que pasearse entre las estanterías haciendo como que buscan un libro que quizá no exista, pero así consiguen llamar la atención. La verdad es que prefiero mi salón y mi nevera. Pero esa es otra cuestión.
El caso, que estoy en medio de Económicas con Sara y María y, mientras ellas navegan por Tuenti, yo intento hacer como que soy la aplicada de las tres, pero no lo consigo. En estos momentos tendría que estar planteándome cómo empezar un reportaje sobre divulgación científica. Pero, para variar, me he vuelto a perder en la Red, en El Mundo y en El País. Comparándolos. Si alguna vez no lo habéis hecho, os lo recomiendo. Es más didáctico que Tuenti (aunque, insisto, yo soy la primera enganchada a las redes sociales).
Primera plana: “Renovarse o morir: los cambios en el Gobierno de ZP”. Siempre se ha dicho que los cambios suelen hacerse a mejor, aunque siempre habrá quien se resista a creer lo contrario. Leyendo, como si nada, me encuentro con una de estas críticas.
- Por cierto, que mis amigas acaban de dejar tuenti para irse a fumar. Una tarde muy productiva (aunque ellas ya saben que lo digo de broma, yo sé que les gusta que hable de ellas aquí. Me han mirado, se ríen y me río. Pero el cigarro no se lo quita nadie).
Yo he seguido aquí dentro, y hablaba de las críticas. Aunque esta vez no se centra en el Ejecutivo, sino en ZP, el capitán del barco. Pensándolo bien, no sé si la expresión “esta vez” es la correcta. Pero lo dejaré estar. La oposición siempre tiene algo que decir. Rajoy, a la cabeza. Da un sí a la renovación de los cargos o “tripulantes”, como él los llama. Pero sigue empeñado en que el problema es “el capitán”.
A mí, la verdad, que el cambio me ha pillado por sorpresa. Y si en algo coincido con Rajoy, es que algo “no funcionaba muy bien” si nuestro marinero por excelencia ha cambiado el rumbo. Pero rectificar es de sabios. Yo sigo creyendo que los cambios siempre van a mejor. Pero claro, es muy fácil hacer una crítica, sobre todo cuando no se ha dejado un margen de actuación.
El País publica, en digital, ésta y otras dos noticias, además de una especie de resumen sobre cada uno de los recién llegados al Gobierno, bajo el título “Las nuevas caras”. El Mundo no iba a ser menos, y ha sacado un especial: “todos los detalles sobre el nuevo ejecutivo”. Aunque también hay que decir que en El Mundo no se habla de tripulantes, la crítica es menos profunda, aunque crítica al fin y al cabo.
Pero, en el fondo, no se trata de si son tripulantes, marineros o de si el capitán ha fracasado. Todos estamos en el mismo barco, y si la embarcación se hunde, sólo nos queda aprender a nadar. Y mientras, seguiremos bordando entre todos el barco, empeñados en que quede “precioso” por fuera, aunque por dentro esté vacío. Pero eso, por lo visto, es lo de menos.
Llevo tres años estudiando periodismo, y en este tiempo ya he escuchado decir varias veces que cualquier día, a los periodistas nos prohibirán hacer preguntas al final de las ruedas de prensa.
Según Ramón Salaverría, Profesor de Periodismo Especializado y Tecnología de la Información de la Universidad de Navarra, el periodismo al que asistimos hoy es un periodismo declarativo en el que el periodista se limita a ser la voz de las fuentes. Un periodismo en el que se tiene la información recogida en un dossier al alcance de nuestra mano. Un periodismo en el que el periodista, cada día que pasa, necesita esforzarse menos.
De momento, en ninguna de las ruedas a las que he asistido han suprimido el turno de preguntas. Pero quién sabe, yo ya no estoy segura de nada en este mundo raro. Y menos, después de leer que tres agencias de noticias se negaron a publicar las fotografías de Barack Obama proporcionadas por la Casa Blanca porque no se les había permitido acceder al despacho Oval.
¿Falta de confianza? No creo que sea por eso. Estas agencias siempre habían utilizado las fotografías que la Casa Blanca les hacía llegar de aquellos lugares que sí que tenían un acceso restringido. Pero el despacho Oval es la oficina pública del presidente de los Estados Unidos de América. ¿Por qué siendo público, se actúa como si fuera algo privado? Hasta las fotografías se convierten en “comunicados de prensa visuales” y poco se hace por impedirlo.
Tendremos que andarnos con ojo, porque no me extrañaría nada que cualquier día, en vez de convocarnos a las ruedas de prensa, nos hicieran salir a una las puertas del medio en el que trabajamos para recoger el dossier con la información que las instituciones, organismos y demás entidades quieren que la gente conozca. Incluso, poco me sorprendería si algún día nos envían las ruedas de prensa por email con el dossier adjunto.
Y todo esto me lleva a una reflexión: si llega el día en que se eliminen los turnos de preguntas, estoy convencida de que los periodistas nos tiraremos de los pelos los unos a los otros por asistir al programa “Tengo una pregunta para usted”, de TVE. Aunque con la suerte que tenemos, probablemente no nos dejaran ni abrir la boca. Ver, oír, mirar, ESCRIBIR, y callar.
Alguna vez he escuchado que conociendo al candidato al Gobierno de un partido político, se pueden llegar a conocer las tripas de ese partido. Yo diría que con toda seguridad. Por algo son los líderes, el rostro o la imagen representativa.
Al hilo de esto, me viene a la mente algo que comentamos el otro día en la universidad, en “Información Política y Procesos Electorales”. Mi profesor dice que vivimos de argumentos que las sociedades son sociedades de narradores. Y, en ellas, casi importa más el narrador -quién es, a qué se dedica, qué hace y qué deja de hacer- que el argumento.
Y nosotros, los periodistas o, mejor dicho en mi caso, losquealgúndíaseremosperiodistas interpretamos sus mensajes, la mayoría de las veces en clave. Y para poder descifrar lo indescifrable, utilizamos códigos, que varían en función del medio en el que te encuentres y de las tripas políticas con las que ese medio se identifique.
Ellos ponen las reglas del juego, y nosotros ponemos la mesa o el tablero. Y todos quieren ganar la partida. Qué triste es pensar que los medios meten todas las bazas que pueden -y más-, así es imposible hacerse con un ganador. Aunque más triste es saber que, sin los medios, no habría juego.
Fue un romántico del siglo XIX al que le dolía España. Hablo de Mariano José de Larra, que ayer cumplía doscientos años desde su nacimiento. Como intelectual, periodista y político, también tiene su sitio en este rincón. El espíritu romanticista del que se impregnó le sumió en una doble frustración que le llevó al suicidio. Un final común para muchos de los románticos de la época.
Larra en el siglo XIX
Comenzó escribiendo artículos de crítica social y de costumbres con su primera publicación, “El duende satírico del día”, continuando con un modelo que ya se había iniciado en el siglo anterior. Tuvo que cuidarse mucho de no rozar temas políticos, ya que en 1828, los artículos se sometían a censura -pleno apogeo de la Década Absolutista-. Aún así, Larra empieza a forjarse un nombre y a destacar por su humor satírico e irónico.
“El pobrecito hablador” fue su segunda publicación. Continúa escribiendo sobre costumbres pero sus artículos empiezan a acercarse a la política. Es un maestro del arte de sugerir entre líneas, traspasando la frontera que separa la crítica social de la crítica política. Y le sugiere al lector que esa costumbre o situación social que él está criticando se mantiene por el sistema político vigente en España.
Con la muerte de Fernando VII, los liberales toman el control y se reestablece la libertad de prensa. Ahora, Larra empieza a escribir abiertamente sobre política y como liberal, comienza una carrera política. Para un liberal, aquella persona que se dedicaba al periodismo estaba haciendo política. Es entonces cuando Larra adquiere el seudónimo de Fígaro y se impregna del espírituo romántico de la época, que estaba triunfando en Europa.
El Romanticismo es una corriente ideológica, cultural y de pensamiento que pone el acento en el sentimiento. El choque con la pura realidad provoca en el romántico una frustración que, generalmente, le llevará al suicidio.
El tiempo en el que le tocó vivir estuvo marcado por los enfrentamientos entre liberales y carlistas. Y ésta situación, junto al perfil político moderado de los liberales, crean una agonía en Larra a la que se suma una decepción amorosa: se enamora de una mujer que, como él, también estaba casada.
Con esta vida que para él no lo era, decide viajar por Europa para volver a encontrar el sentido de las cosas. Cuando vuelve, se convierte en el principal articulista de “El Español”. Sin embargo, seguía sin encontrar la paz interior. En 1836 se celebran una elecciones y él obtiene un acta de diputado. Pero un Golpe de Estado impide que Larra alcance ese cargo político. En el tiempo, coincide con que su amada le devuelve todas las cartas que él le había escrito. Todo esto llevó a Larra delante del espejo. Allí, se disparó un tiro en la sien. Era un lunes de carnaval de 1837 y Larra tenía 28 años.
Larra en el siglo XXI
En el Ateneo de Madrid, ayer quedó inugurado “Larra en el tiempo”, un ciclo de siete conferencias con el que se pretende rendir, a lo largo de todo el año, un homenaje al “primer socio activo” del Ateneo. En el acto, Jesús Miranda de Larra afirmó que “la España que le hizo sufrir” ya no existe, y que “hoy, Larra no se suicidaría“.
El Príncipe de Asturias en el acto de presentación de "Larra en el tiempo". Fuente: abc.es
El tema del aborto se ha llevado una gran parte del protagonismo informativo a lo largo de esta semana. La parte restante ha tenido que repartirse, a nivel nacional, con el caso de Marta del Castillo, precisamente al conocerse esta semana una nueva versión de los hechos. Y aquí, en Aragón, con la intensidad informativa que se ha concentrado en los juzgados de la Almunia, con María Victoria Pinilla como estrella principal del reparto.
Así es como creo que se ha repartido el pastel esta semana. Y casi casi, me sentía hasta mal por no haber escrito todavía sobre el tema del preservativo, el sida, el aborto, los anticonceptivos, la Iglesia. Sin embargo, hoy me he fijado en varios artículos de opinión de El País estrechamente relacionados. El primero, de Elvira Lindo, “Sin Perdón”. El segundo, la columna de Soledad Gallego-Díaz, ”Punto de observación”, que llevaba por título “Explicaciones, no disculpas”.
“Yo no soy esa madre que le compra a su hijo condones”. Y así, comenzaba el artículo de Elvira Lindo que concluía diciendo que la Iglesia “no tiene perdón de Dios” al condenar el uso del preservativo en África, donde “22 millones de personas agonizantes mueren antes de los 30 años”. Además, en relación a la campaña contra el aborto ¡Protege mi vida!, Elvira Lindo se pregunta: “¿Qué sabrán de hijos o del amor sexual aquellos que prometen mantenerse al margen de esa experiencia durante toda su vida?”.
Campaña de comunicación de la Conferencia Episcopal Española. Fuente: CEE
El otro, el de Soledad Gallego, se puede resumir en la siguiente cita: “Se anuncian tiempos difíciles y no tenemos ni idea de por qué los políticos no hicieron nada para evitarlo”. Alza su voz porque, a lo largo del tiempo, la gente se ha preocupado más por pedir disculpas en vez de dar explicaciones. Y en un momento dado, dice: “También hubiera sido muy de agradecer que, en lugar de pedir disculpas dentro de unas décadas, o siglos, el Papa actual se hubiera limitado a mantenerse en humilde silencio sobre el uso de los preservativos como método profiláctico contra el sida”.
El uno habla de que no hay perdón, y el otro de que vivimos sobreexpuestos a un sin fin de perdones. Tan contradictorios y tan complementarios al mismo tiempo. Dejo las cartas sobre la mesa.
Eso sí, no sin antes decir que, de lo que dudo yo, es de que dentro de unas décadas o siglos, el Vaticano vaya a estar dispuesto a disculparse. No lo veo tan claro.
[Hoy comienza una nueva semana informativa. A ver cómo se reparten esta vez los temas]
El interés por la política brilla por su ausencia. Según el último estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), casi el 70% de los españoles la considera poco o nada interesante. ¿Por qué? Quizá porque está demasiado extendido el considerar que los políticos mienten más que hablan, o mucho hablan y poco dicen, o aquello de que los políticos son grandes oradores porque quizá la mitad de la gente que los escucha no entienda nada de lo que están diciendo. Y la verdad es que no les falta razón. Sin embargo, hay quien se resiste a creer que siempre es así.
En el siglo XXI todavía hay políticos que siguen creyendo que otro mundo es posible, más allá de los intereses partidistas, económicos o sociales. Uno de ellos es Ignacio Celaya, Director General de Participación Ciudadana del Gobierno de Aragón. Él está totalmente convencido de que “el espejo de la verdad se rompió en mil pezados hace tiempo y está esparcido por todos los rincones del planeta”. En unos tiempos en los que se vive un fenómeno de “desafección política” y se está asistiendo a una “fragmentación de lo público”, Celaya sigue apostando por hacer de la política una nueva cultura.
Y lo hace desde el Área de Participación Ciudadana que coordina desde hace algo más de año y medio. Este espacio es un instrumento que pretende fomentar el diálogo y la comunicación entre el Ejecutivo Aragonés, las Administraciones Públicas y entidades locales y muy especialmente entre los ciudadanos, los aragoneses. Para él, “la política es el arte de construir lo público entre todos”.
Ignacio Celaya. Fuente: DGA
Así, a través de diversos procesos de participación, han conseguido, por ejemplo, que el Plan de Inmigración ofrezca una oportunidad a la población inmigrante para participar en las políticas sociales. O con la pendiente aprobación de la Ley de Servicios Sociales en las Cortes, los ciudadanos podrán acceder a los servicios sociales que precisen independientemente de los recursos económicos de los que dispongan.
La elaboración de las nuevas leyes autonómicas es, por tanto, competencia y responsabilidad también de cada uno. Y la Dirección General de Participación Ciudadana es un exponente claro en el que la expresión todos podemos aportar nuestro granito de arena cobra sentido.
El 90% de los aragoneses desconoce la existencia de este área que, por cierto, está a punto de publicar su primera memoria. Por desgracia, solamente se aprecia el trabajo de la DGPC en el momento en el que las leyes son aprobadas, y el resto del esfuerzo queda eclipsado por la propia aprobación, que es la noticia. Aún así, Celaya se siente orgulloso de “trabajar en las cocinas de la democracia”.
Esta es la otra cara de la política, la que no se ve, pero no por ello es menos importante. Celaya no tira la toalla, sigue trabajando porque aunque parezca difícil, “el sistema deja rendijas donde es posible atisbar esperanza con humildad y con transparencia. Ese es el reto, esa es la apuesta”.
Quién sabe si, algún día, seremos capaces de reconstruir el espejo de nuevo.
Tengo 20 años y pertenezco a esa generación que convive con las redes sociales. El viernes, sin romper mi bendita rutina, encendí el ordenador y me metí a Facebook, ansiosa por ver las “actividades recientes” de los amigos y también -he de confesarlo- buscando páginas de las que hacerme fan. Y desde hace dos días soy una de las más de 26.000 fans de “El periodista que lanzó un zapato a George Bush”.
No sé si fue por casualidades de la vida o qué, pero dos horas después leo en El País que este periodista iraquí, Muntazer al Zaidi, ha sido condenado a tres años por hacer lo que hizo a finales del 2008 en una rueda de prensa en Bagdag.
Al Zaidi es considerado un héroe por el 62% de los iraquíes según una encuesta de la BBC y la ABC estadounidense. El vídeo recorrió las televisiones y en youtube ha superado las 100.000 visitas. Incluso ha circulado por Internet un juego en el que uno mismo puede probar su puntería con el ex presidente de Estados Unidos.
Lanzar un zapato es un grave insulto y una ofensa para la persona dentro de la cultura árabe. Desde Reporteros Sin Fronteras (RSF) lamentan que “haya utilizado este procedimiento para protestar por la política del presidente estadounidense”, eso sí, insistiendo en que “nada justifica esta condena de cárcel”. El doble zapatazo -como todo el mundo sabe a estas alturas- no dio en el blanco. De haberlo hecho probablemente la condena se habría alargado.
Sé que a muchos les hubiera gustado ser Al Zaidi y, más todavía, haber tenido mejor puntería. Y ahora, cuando sólo se habla de crisis y se piden explicaciones a ZP, me ha dado por imaginar qué pasaría si cada uno decidiera tirarle un zapato al presidente del Gobierno porque no guste cómo están yendo las cosas o, mejor dicho, cómo se están haciendo las cosas.
Quizá entonces, lo que hizo Al Zaidi no sería tan aplaudido. Quizá este periodista no tendría tantos seguidores en Facebook. O quizá todo el mundo crearía y sería protagonista de un grupo llamado “El periodista que lanzó un zapato a ZP” o “Yo también lancé mis zapatos al presidente”. Y si el presidente fuera Rajoy, estoy segura de que también reuniría una gran colección de zapatos.
Podría seguir con los quizás, pero de lo único que estoy segura es de que si todos se dedicaran a imitar a Al Zaidi, alguien acertaría en el tiro.
En tiempos de crisis, todo el mundo corre a por su chaleco salvavidas. Todos, incluidos los medios de comunicación. El cuarto poder ya no sólo tiene que enfrentarse a una crisis existencial y estructural, la de haber dejado de lado su función social que un día se le asignó. Ahora tienen que abanderar también una situación económica que en términos reales es insostenible. Localia, por poner un ejemplo, tuvo que dejar de emitir a finales del año pasado.
Pero la prensa es quizá el sector en el que la crisis está siendo más sonada. Y su exponente más claro a nivel internacional es que la Asociación Mundial de Periódicos (WAN) se ha visto obligada a aplazar hasta diciembre el Congreso Mundial de Periódicos en la India. Y mientras, más cerca, aquí en España, el diario gratuito Metro ha tenido que echar también el cierre. La versión digital de ADN ha desaparecido. Y los EREs son, como quien dice, el pan nuestro de cada día.
El Grupo Zeta y el Grupo Vocento son los dos casos más sonados que se han visto afectados por Expedientes de Regulación de Empleo. Con el primero, 442 de los 2.300 que conforman la plantilla abandonan sus puestos de trabajo. Por su parte, Vocento ha anunciado -a través de otros medios de comunicación- que su principal cabecera, el centenario ABC, perderá 238 de los 456 trabajadores del diario.
Los periodistas se manifestaron junto a la APM a favor de la dignificación de su trabajo y contra la política de despidos, en el Paseo de la Castellana. Fuente: APM
Y es que la pérdida de puestos de trabajo entre los profesionales de la comunicación es una realidad palpable. En el último trimestre del año 2008, según la Asociación de la Prensa de Madrid, en las listas del INEM se han inscrito mil periodistas más, que se suman a los 3.000 que ya estaban registrados. Además, se prevé que en este año cerca de 5.000 periodistas se sumen a esta situación de desempleo. Todo esto se conoce en un momento en el que el número de parados en España alcanza los casi 3,5 millones de personas, según el Ministerio de Trabajo. En lo que llevamos de año, los índices de desempleo que se manejan hablan por sí solos. Difícil lo va a tener Zapatero para cumplir su promesa de pleno empleo.
Mientras, los medios españoles ya no se limitan a ser la voz del pueblo. Ahora, ellos también tienen la suya propia y hablan, y protestan, y exigen medidas y piden a gritos ayudas al Gobierno.
Pero como en todo, siempre hay una historia y una intrahistoria. En ésta, me temo que más allá de la crisis económica y mediática hay otra mucho más profunda: en un escenario en el que los gigantes de la comunicación empiezan a tambalearse, yo me pregunto quién se acordará de garantizar la pluralidad informativa.
“Hay pocos aspectos de la vida que al final no están politizados”. Esto es lo que dijo Soraya Saénz de Santamaría hace dos días, en el X Congreso de Periodismo Digital de Huesca. Ella y la Secretaria de Organización del PSOE, Leyre Pajín, se vieron las caras en una tertulia-debate que llevaba por título “Internet, Política y Periodismo”.
Se habló de los tres aspectos y concluí tres cosas. La primera es que hoy por hoy estar en Internet ha pasado a ser una necesidad y una obligación. La segunda, que de un tiempo a esta parte, la política lo es todo. Y la tercera, que los medios deben contribuir a hacer de la política algo atractivo. Porque, al fin y al cabo, esta profesión tiene que darle relevancia a las noticias que realmente son noticias, aunque no todas coincidan con las necesidades o los intereses de la sociedad. Por desgracia, no se puede contentar a todos.
Y yo, que tengo que confesar que, a veces, este mundo me pierde. Siempre he pensado que un periodista debe querer cambiar el mundo. Y, hasta hace poco, pensaba que estaba fracasando: creía que no podía hacer nada por modificar el curso de las cosas.
Y sí, quizá no pueda cambiar el mundo entero, pero puedo intentar cambiar el que me rodea. Empezando por contar lo que veo. Ahora que eso de ser periodista ya no es lo que era y que la esencia del Periodismo -con mayúscula- se ha perdido, ahora que ya nadie se levanta para hacerse oír, ahora que cuesta salir a la calle, ahora que parece que la ley que impera sea la ley del mínimo esfuerzo…yo doy un golpe en la mesa.
He decidido que aquí es donde voy a hacerme oír. A hablar. A escribir de mí y del mundo. Porque como escuché el viernes, todo está politizado. Y porque política y sociedad van de la mano. Y no se pueden entender una sin la otra. Sé que no puedo cambiar el mundo. Pero sí que puedo hablar de él. Porque cada día, cada hora y cada minuto suceden cosas. Y siempre tenemos algo que decir. Sin medias tintas.